La morcilla de verano es una receta que le cuentas a alguien de fuera y te mira raro. Normal, lee 'morcilla' y se imagina otra película. La cosa es que aquí no hay sangre, ni tripa, ni nada de eso, lo que hay es una mezcla de berenjena, cebolla, piñones, aceite y especias que, juntos, es manjar de dioses.
Y sí, el nombre sigue siendo uno de los grandes giros de guion de la cocina murciana, ni más ni menos porque la primera sorpresa ya la tienes ahí. La segunda llega cuando la pruebas y entiendes por qué este plato lleva años colándose en aperitivos, cenas ligeras, mesas de verano y barras donde las cosas ricas hablan solas.
La morcilla de verano tiene todo lo que le pedimos a una receta cuando empieza el calor: sabor, textura, frescura y cero pesadez. La berenjena hace de base, la cebolla le da dulzor, los piñones rematan y el conjunto queda con ese punto untuoso que pide a gritos un poco de pan. O mucho pan, si nos preguntas.
Es una receta muy de huerta y muy de aprovechar bien lo que da la tierra. También muy de esa cocina murciana que sabe convertir como ninguna cuatro ingredientes en un plato con identidad propia. Y olvídate si crees que esto es una crema triste o un paté vegetal de moda. Esto, amigos, es un clásico que lleva tiempo haciendo de las suyas en la mesa.
Prepararla bien tiene su punto. La berenjena hay que tratarla con cariño, a la cebolla hay que darle su tiempo y el resultado tiene que quedar meloso, sabroso y equilibrado, ni grasiento ni seco, ni soso ni pasado. Cuando sale bien, la morcilla de verano tiene esa gracia de los platos sencillos que luego son puro manjar.
¿Con qué se come? Lo típico es tomarla con pan, en tosta, en aperitivo o como parte de un picoteo bien montado. Pero también está increíble combinada con salazones, con queso y con esas mesas de verano que tanto nos gustan.
La mejor parte es que, además de estar buenísima, no se parece demasiado a nada y eso en gastronomía es lo más.